Se suele producir por algún traumatismo que en ocasiones puede haber pasado desapercibido o por algún esfuerzo físico u otra manifestación que provoque un incremento súbito local de la presión arterial o venosa, no necesariamente intenso ni duradero, pero que puede ser suficiente para producir la hemorragia.
Maniobras como estornudos, accesos de tos, vómitos, levantar peso bruscamente con los brazos, etc., pueden aumentar la presión de las venas de la conjuntiva y romperlas.
En otras ocasiones el derrame puede estar motivado por aumento de la presión de las arterias pudiendo ser una manifestación de hipertensión arterial, y en más raras ocasiones relacionarse con algún problema de la coagulación de la sangre.
En el hisposfagma, no se afecta el ojo ni por consiguiente la visión, no molesta y poco a poco se va reabsorbiendo, curando espontáneamente y sin complicaciones en 8 o 10 días; por ello aunque estéticamente pueda resultar muy aparatoso no requiere ningún tipo de tratamiento.
Excepcionalmente se indican lágrimas artificiales, cuando el hiposfagma es grande y hace relieve para que moleste menos al parpadear.
Es necesario examinar el ojo, no por el hiposfagma en sí, sino por si la contusión ha tenido consecuencias en el propio globo ocular y para descartar que se trate de una hemorragia interna del ojo donde la visión si suele esta afectada. También se recomienda tomar la tensión arterial para descartar crisis hipertensiva o cifras tensionales altas.
En aquellas personas que presenten derrames oculares con mucha frecuencia, sobre todo si se acompaña de hemorragias cutáneas, podría estar indicado pedir una analítica de sangre que descarte alteraciones en la coagulación.
Este cuadro no se relaciona con el aumento de la tensión ocular ni con el glaucoma.


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