Mostrando entradas con la etiqueta miedo. Mostrar todas las entradas

Se calcula que entre un 1,5% y un 3,5% de los adultos sufrirá algún ataque de ansiedad a lo largo de su vida. Llegan al hospital convencidos de que van a morir o a enloquecer, pero no tienen nada, sólo miedo.

Pero ¿qué es exactamente un ataque de ansiedad o pánico? Es una crisis que se desencadena sin causa aparente y durante la cual se suceden una serie de síntomas físicos muy alarmantes. El miedo les lleva a perder el control y la crisis suele terminar en la sala de urgencias de un hospital. Allí escuchan el diagnóstico con absoluta incredulidad: “Lo único que usted tiene es una crisis de miedo. Tómese un tranquilizante y siga una terapia”. Las primeras reacciones suelen ser de rabia. Alguien que ha padecido dificultades respiratorias, fuertes taquicardias, sudoración fría y la absoluta certeza de que en breve sufriría un ataque al corazón no puede creer que todo se deba a una mala pasada de su propia imaginación.
Lo complicado es entender que los síntomas no son un invento, han sido reales, pero que la causa no es ninguna enfermedad mortal ni mental, sino el pánico. El cuerpo reacciona así ante un miedo que fabrica la mente y que resulta muy complicado desactivar. Estos ataques surgen repentinamente. “Hay situaciones más habituales, por ejemplo, cuando te vas a la cama, o en el cine antes de que comience la película… La oscuridad, el momento de tranquilidad antes de dormir, hacen que puedas ocuparte más de lo que te está ocurriendo. De pronto notas una pequeña punzada en el pecho, piensas en ella, después notas que tu respiración se acelera… y el mecanismo ya se ha puesto en marcha”, explica Héctor González Ordi, uno de los mayores expertos en España en Ansiedad y Estrés.


Después de un día normal de trabajo, ya en casa, viendo una película tranquilamente, se comienza a cuajar la crisis. De momento, el ritmo cardiaco es normal, pero de repente llegan recuerdos de la conferencia que habrá que dar al día siguiente; la respiración se acelera por unos segundos. El mal pensamiento se aparta y todo vuelve de nuevo a la normalidad: la película está muy interesante.


Hay que ir a la cama y mientras se lava los dientes las catecolaminas se ponen en marcha lentamente. De repente, un fuerte dolor de estómago, pero parece ser que la razón es una mala digestión.


Conciliar el sueño se hace cada vez difícil, pero el sistema nervioso simpático ya se ha puesto en marcha. El corazón late más deprisa. El bazo se contrae y libera más glóbulos rojos y el páncreas segrega más azúcar.


El aumento de glóbulo rojos agiliza la velocidad de coagulación y aumenta la necesidad de oxígeno, por lo que la respiración se acelera. El aumento de azúcar emanado del páncreas tensa los músculos y las pupilas se dilatan.


La hiperventilación provoca sensación de asfixia, beber agua ocasiona un atragantamiento y aumenta el lactato en sangre. Hay náuseas y sudores fríos.


Se producen taquicardias y la hiperventilación continúa eliminando dióxido de carbono; se producen mareos y pérdida del conocimiento. La idea de que es el último minuto de vida pasa por la mente.




El problema es que, aunque se diga a estos pacientes que no tienen nada, la mayoría no lo cree e inicia un peregrinaje para averiguar la causa de su mal. Desarrollan cierta hipocondría. Además, estos ataques pueden repetirse a lo largo del tiempo en cualquier parte, pero la persona asocia el ataque al lugar donde se produjo. Si lo ha padecido en pleno centro de la ciudad tendrá miedo a los espacios abiertos y, si le ha sucedido en el ascensor, temerá los lugares cerrados. Entonces, es el miedo a sufrir el ataque lo que se convierte en enfermedad, porque les limita y les impide desarrollar actividades normales de la vida cotidiana. Pueden terminar encerrados en casa”, dice el profesor C. Gastó Ferrer, del Hospital Clínico de Barcelona, que asegura que entre un 30% y un 50% de las personas que han sufrido un ataque de pánico desarrolla síntomas agorafóbicos.




ANUNCIO PATROCINADO



Se calcula que entre un 1,5% y un 3,5% de los adultos sufrirá algún ataque de ansiedad a lo largo de su vida. Llegan al hospital convencidos de que van a morir o a enloquecer, pero no tienen nada, sólo miedo.

Pero ¿qué es exactamente un ataque de ansiedad o pánico? Es una crisis que se desencadena sin causa aparente y durante la cual se suceden una serie de síntomas físicos muy alarmantes. El miedo les lleva a perder el control y la crisis suele terminar en la sala de urgencias de un hospital. Allí escuchan el diagnóstico con absoluta incredulidad: “Lo único que usted tiene es una crisis de miedo. Tómese un tranquilizante y siga una terapia”. Las primeras reacciones suelen ser de rabia. Alguien que ha padecido dificultades respiratorias, fuertes taquicardias, sudoración fría y la absoluta certeza de que en breve sufriría un ataque al corazón no puede creer que todo se deba a una mala pasada de su propia imaginación.
Lo complicado es entender que los síntomas no son un invento, han sido reales, pero que la causa no es ninguna enfermedad mortal ni mental, sino el pánico. El cuerpo reacciona así ante un miedo que fabrica la mente y que resulta muy complicado desactivar. Estos ataques surgen repentinamente. “Hay situaciones más habituales, por ejemplo, cuando te vas a la cama, o en el cine antes de que comience la película… La oscuridad, el momento de tranquilidad antes de dormir, hacen que puedas ocuparte más de lo que te está ocurriendo. De pronto notas una pequeña punzada en el pecho, piensas en ella, después notas que tu respiración se acelera… y el mecanismo ya se ha puesto en marcha”, explica Héctor González Ordi, uno de los mayores expertos en España en Ansiedad y Estrés.


Después de un día normal de trabajo, ya en casa, viendo una película tranquilamente, se comienza a cuajar la crisis. De momento, el ritmo cardiaco es normal, pero de repente llegan recuerdos de la conferencia que habrá que dar al día siguiente; la respiración se acelera por unos segundos. El mal pensamiento se aparta y todo vuelve de nuevo a la normalidad: la película está muy interesante.


Hay que ir a la cama y mientras se lava los dientes las catecolaminas se ponen en marcha lentamente. De repente, un fuerte dolor de estómago, pero parece ser que la razón es una mala digestión.


Conciliar el sueño se hace cada vez difícil, pero el sistema nervioso simpático ya se ha puesto en marcha. El corazón late más deprisa. El bazo se contrae y libera más glóbulos rojos y el páncreas segrega más azúcar.


El aumento de glóbulo rojos agiliza la velocidad de coagulación y aumenta la necesidad de oxígeno, por lo que la respiración se acelera. El aumento de azúcar emanado del páncreas tensa los músculos y las pupilas se dilatan.


La hiperventilación provoca sensación de asfixia, beber agua ocasiona un atragantamiento y aumenta el lactato en sangre. Hay náuseas y sudores fríos.


Se producen taquicardias y la hiperventilación continúa eliminando dióxido de carbono; se producen mareos y pérdida del conocimiento. La idea de que es el último minuto de vida pasa por la mente.




El problema es que, aunque se diga a estos pacientes que no tienen nada, la mayoría no lo cree e inicia un peregrinaje para averiguar la causa de su mal. Desarrollan cierta hipocondría. Además, estos ataques pueden repetirse a lo largo del tiempo en cualquier parte, pero la persona asocia el ataque al lugar donde se produjo. Si lo ha padecido en pleno centro de la ciudad tendrá miedo a los espacios abiertos y, si le ha sucedido en el ascensor, temerá los lugares cerrados. Entonces, es el miedo a sufrir el ataque lo que se convierte en enfermedad, porque les limita y les impide desarrollar actividades normales de la vida cotidiana. Pueden terminar encerrados en casa”, dice el profesor C. Gastó Ferrer, del Hospital Clínico de Barcelona, que asegura que entre un 30% y un 50% de las personas que han sufrido un ataque de pánico desarrolla síntomas agorafóbicos.




ANUNCIO PATROCINADO



Con la tecnología de Blogger.