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La grasa que se acumula alrededor del abdomen  cumple una importante función: proteger tu estómago, tu intestino y el resto de órganos de la zona. Pero si la acumulación es excesiva puede ocasionar importantes problemas de salud.

La obesidad abdominal es el tipo de sobrepeso más peligroso. La grasa visceral genera hormonas adiposas y adipocinas, marcadores químicos que viajan por el torrente sanguíneo y los órganos causando inflamación, que es en última instancia lo que provoca problemas cardiovasculares y diabetes. Según una investigación dirigida por el doctor Selcuk Adabag y publicada recientemente en la revista Heart, las personas con obesidad abdominal son más propensas a sufrir una parada cardiaca o padecer muerte súbita.

Para eliminar la conocida como barriga cervecera (aunque no tenga nada que ver directamente con el consumo de esta bebida), debemos cuidar nuestra alimentación, y seguir un plan de ejercicio destinado a tal fin. Pero, sobre todo, debemos evitar cometer estos 10 errores muy comunes que, como explica Camille Noe Pagán en Health, nos impiden eliminar nuestra barriga.

1. Estás siguiendo una dieta baja en grasasA estas alturas todos deberíamos tener claro que las grasas no son tan malas como pensábamos y es un error sustituirlas por carbohidratos. Para acabar con el sobrepeso abdominal es importante tener una dieta rica en ácidos grasos monosaturados, como los que encontramos en los frutos secos, el aceite de oliva o el aguacate. La ventaja de las grasas saludables es que tienen un enorme poder saciante, lo que nos ayuda a llevar una dieta saludable sin pasar hambre. Y esto es decisivo para llevar una alimentación saludable.

2. Te sientes triste Según un estudio reciente del Rush University Medical Center, las mujeres con síntomas de depresión tienen una tendencia mucho mayor a padecer obesidad abdominal. Esto se debe, principalmente, a la relación de la depresión con una menor actividad física y unos hábitos alimenticios poco saludables. La buena noticia es que se trata de una relación de doble sentido. Podemos aliviar los síntomas de la depresión comiendo mejor y, sobre todo, haciendo ejercicio, que puede ser incluso más eficaz que los antidepresivos.

3. Abusas de los alimentos procesados Los carbohidratos refinados y los azúcares añadidos, presentes en muchos más productos de los que pensamos, provocan un aumento de los niveles de azúcar en sangre lo que acelera la producción de insulina. Esto no sólo puede llevarnos a padecer diabetes, además hace que el hígado acumule grasa en el abdomen. En la medida de lo posible, es recomendable primar el consumo de productos frescos. Si te cuesta, trata al menos de comer vegetales en todas las comidas, lo que te ayudará a estar más saciado y no caer en la comida basura.

4. Te olvidas del magnesio Este mineral regula más de 300 funciones de nuestro cuerpo y, según explica Noe Pagán, su consumo es importante para mantener a raya los niveles de azúcar e insulina. El magnesio está presente en los frutos secos, los cereales y las legumbres, por lo que no podemos descuidar el consumo de estos.

5. Estás enganchado a los refrescos light Un estudio reciente, publicado en la revista Obesity, mostró que las personas que beben habitualmente refrescos light tienen un porcentaje mayor de grasa en sus barrigas. ¿Por qué ocurre esto? Las personas que los consumen tienden a subestimar las calorías que están “salvando” y acaban siendo indulgentes con lo que comen. En definitiva, el tipo de refresco elegido no va a hacer que la hamburguesa XXL con la que lo estás acompañando engorde menos.

6. Te encanta la carne Es importante recordar que no todas las grasas son iguales. En un experimento, un grupo de científicos suecos introdujo en la dieta de los participantes 750 calorías extra. La mitad de los voluntarios las consumieron a través de ácidos grasos poliinsaturados y la otra mitad a través de ácidos grasos saturados. Después de siete semanas, el segundo grupo había acumulado el doble de grasa visceral. Es importante que nuestra dieta contenga grasas, pero hay que evitar que están sean saturadas, para lo que es importante cortar el consumo de carnes rojas y embutidos y primar el de pescado y carnes magras (como el pollo o el conejo).

7. Bebes demasiado Aunque el alcohol no tiene porque provocar un exceso de grasa abdominal, su consumo excesivo sí, tanto en hombres como en mujeres. Beber sin moderación ralentiza nuestra habilidad para obtener energía: baja los niveles de glucemia, interfiere en la absorción de vitaminas y minerales y dificulta el consumo metabólico de las grasas. La mayoría de los estudios epidemiológicos consideran como consumo moderado una ingesta de 20 a 40 gramos de alcohol, esto es entre 2 y 5 cañas y 2 o 3 copas de vino al día.

8. Eres mujer, tienes más de 50 años y no haces ejercicio Los cambios hormonales relacionados con la menopausia, que aparece en torno a los 50 años, hacen que se acumule más grasa en la barriga y que sea más difícil eliminarla. Sólo el ejercicio físico puede ayudar a eliminarla. Y el yoga puede ser la mejor opción. Un estudio de 2012 realizado entre mujeres postmenopáusicas mostró que realizar una hora de yoga tres veces a la semana permite perder un centímetro y medio de envergadura abdominal en sólo 16 semanas.

9. No comes suficientes alimentos de colores vivos Puede parecer una extravagancia, pero no lo es. Sólo las frutas y verduras tienen colores vivos, y es porque están repletas de vitamina C, que ayuda a reducir el cortisol, la hormona del estrés. Un estudio reciente publicado en The Journal of Nutrition mostró que las personas que comen más alimentos rojos, naranjas y amarillos tienen barrigas menos turgentes.

10. No estás haciendo el ejercicio adecuado 
No todo el ejercicio físico es igual de eficaz para adelgazar. Recientes estudios han demostrado que para reducir la grasa abdominal es mejor compaginar ejercicios relajados con breves minutos de otros intensos y activos que estar durante más tiempo haciendo un ejercicio ligero. Es lo que se conoce como entrenamiento interválico de alta intensidad, y ya existe suficiente evidencia científica como para afirmar que es, de momento, la mejor estrategia de que disponemos para perder barriga.




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La grasa que se acumula alrededor del abdomen  cumple una importante función: proteger tu estómago, tu intestino y el resto de órganos de la zona. Pero si la acumulación es excesiva puede ocasionar importantes problemas de salud.

La obesidad abdominal es el tipo de sobrepeso más peligroso. La grasa visceral genera hormonas adiposas y adipocinas, marcadores químicos que viajan por el torrente sanguíneo y los órganos causando inflamación, que es en última instancia lo que provoca problemas cardiovasculares y diabetes. Según una investigación dirigida por el doctor Selcuk Adabag y publicada recientemente en la revista Heart, las personas con obesidad abdominal son más propensas a sufrir una parada cardiaca o padecer muerte súbita.

Para eliminar la conocida como barriga cervecera (aunque no tenga nada que ver directamente con el consumo de esta bebida), debemos cuidar nuestra alimentación, y seguir un plan de ejercicio destinado a tal fin. Pero, sobre todo, debemos evitar cometer estos 10 errores muy comunes que, como explica Camille Noe Pagán en Health, nos impiden eliminar nuestra barriga.

1. Estás siguiendo una dieta baja en grasasA estas alturas todos deberíamos tener claro que las grasas no son tan malas como pensábamos y es un error sustituirlas por carbohidratos. Para acabar con el sobrepeso abdominal es importante tener una dieta rica en ácidos grasos monosaturados, como los que encontramos en los frutos secos, el aceite de oliva o el aguacate. La ventaja de las grasas saludables es que tienen un enorme poder saciante, lo que nos ayuda a llevar una dieta saludable sin pasar hambre. Y esto es decisivo para llevar una alimentación saludable.

2. Te sientes triste Según un estudio reciente del Rush University Medical Center, las mujeres con síntomas de depresión tienen una tendencia mucho mayor a padecer obesidad abdominal. Esto se debe, principalmente, a la relación de la depresión con una menor actividad física y unos hábitos alimenticios poco saludables. La buena noticia es que se trata de una relación de doble sentido. Podemos aliviar los síntomas de la depresión comiendo mejor y, sobre todo, haciendo ejercicio, que puede ser incluso más eficaz que los antidepresivos.

3. Abusas de los alimentos procesados Los carbohidratos refinados y los azúcares añadidos, presentes en muchos más productos de los que pensamos, provocan un aumento de los niveles de azúcar en sangre lo que acelera la producción de insulina. Esto no sólo puede llevarnos a padecer diabetes, además hace que el hígado acumule grasa en el abdomen. En la medida de lo posible, es recomendable primar el consumo de productos frescos. Si te cuesta, trata al menos de comer vegetales en todas las comidas, lo que te ayudará a estar más saciado y no caer en la comida basura.

4. Te olvidas del magnesio Este mineral regula más de 300 funciones de nuestro cuerpo y, según explica Noe Pagán, su consumo es importante para mantener a raya los niveles de azúcar e insulina. El magnesio está presente en los frutos secos, los cereales y las legumbres, por lo que no podemos descuidar el consumo de estos.

5. Estás enganchado a los refrescos light Un estudio reciente, publicado en la revista Obesity, mostró que las personas que beben habitualmente refrescos light tienen un porcentaje mayor de grasa en sus barrigas. ¿Por qué ocurre esto? Las personas que los consumen tienden a subestimar las calorías que están “salvando” y acaban siendo indulgentes con lo que comen. En definitiva, el tipo de refresco elegido no va a hacer que la hamburguesa XXL con la que lo estás acompañando engorde menos.

6. Te encanta la carne Es importante recordar que no todas las grasas son iguales. En un experimento, un grupo de científicos suecos introdujo en la dieta de los participantes 750 calorías extra. La mitad de los voluntarios las consumieron a través de ácidos grasos poliinsaturados y la otra mitad a través de ácidos grasos saturados. Después de siete semanas, el segundo grupo había acumulado el doble de grasa visceral. Es importante que nuestra dieta contenga grasas, pero hay que evitar que están sean saturadas, para lo que es importante cortar el consumo de carnes rojas y embutidos y primar el de pescado y carnes magras (como el pollo o el conejo).

7. Bebes demasiado Aunque el alcohol no tiene porque provocar un exceso de grasa abdominal, su consumo excesivo sí, tanto en hombres como en mujeres. Beber sin moderación ralentiza nuestra habilidad para obtener energía: baja los niveles de glucemia, interfiere en la absorción de vitaminas y minerales y dificulta el consumo metabólico de las grasas. La mayoría de los estudios epidemiológicos consideran como consumo moderado una ingesta de 20 a 40 gramos de alcohol, esto es entre 2 y 5 cañas y 2 o 3 copas de vino al día.

8. Eres mujer, tienes más de 50 años y no haces ejercicio Los cambios hormonales relacionados con la menopausia, que aparece en torno a los 50 años, hacen que se acumule más grasa en la barriga y que sea más difícil eliminarla. Sólo el ejercicio físico puede ayudar a eliminarla. Y el yoga puede ser la mejor opción. Un estudio de 2012 realizado entre mujeres postmenopáusicas mostró que realizar una hora de yoga tres veces a la semana permite perder un centímetro y medio de envergadura abdominal en sólo 16 semanas.

9. No comes suficientes alimentos de colores vivos Puede parecer una extravagancia, pero no lo es. Sólo las frutas y verduras tienen colores vivos, y es porque están repletas de vitamina C, que ayuda a reducir el cortisol, la hormona del estrés. Un estudio reciente publicado en The Journal of Nutrition mostró que las personas que comen más alimentos rojos, naranjas y amarillos tienen barrigas menos turgentes.

10. No estás haciendo el ejercicio adecuado 
No todo el ejercicio físico es igual de eficaz para adelgazar. Recientes estudios han demostrado que para reducir la grasa abdominal es mejor compaginar ejercicios relajados con breves minutos de otros intensos y activos que estar durante más tiempo haciendo un ejercicio ligero. Es lo que se conoce como entrenamiento interválico de alta intensidad, y ya existe suficiente evidencia científica como para afirmar que es, de momento, la mejor estrategia de que disponemos para perder barriga.




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Una de cada tres personas muere de una enfermedad cardiovascular, y la ciencia médica llevaba 50 años equivocada sobre las causas.

La ciencia médica se corrige a sí misma, con más o menos rapidez. A la iglesia le costó 350 años reconocer que la tierra no era el centro del universo. Sin embargo, en solo 50 años, la comunidad médica empieza a aceptar que la grasa no es la principal causa, ni de los ataques al corazón, ni de ese flotador alrededor de tu cintura.

Según la propia portavoz de la American Heart Association “ya no creemos que las dietas bajas en grasa sean la respuesta”. En septiembre de este año se publica un estudio en el National Institutes of Health en EEUU, en el que se divide a 148 personas sanas en dos grupos. Un grupo sigue una dieta baja en grasas. El otro, una dieta baja en carbohidratos y alta en grasa y proteína.

Pasa un año, y contrariamente a lo que la mayoría de los médicos podrían esperar, estos son los resultados:

Los participantes que siguieron una dieta baja en carbohidratos y alta en grasa y proteína perdieron más peso que los del grupo con la dieta baja en grasa.

No solamente peso, sino que los de la dieta baja en carbohidratos perdieron más grasa en proporción, y conservaron o ganaron masa muscular, mientras que los de la dieta baja en grasa perdieron músculo.

Los dos grupos redujeron sus niveles de colesterol en sangre, pero los de la dieta baja en carbohidratos redujeron su nivel de triglicéridos y aumentaron su nivel de colesterol HDL (el bueno).

La fórmula de Framingham calcula el riesgo de sufrir un ataque al corazón en los próximos 10 años. Los participantes que siguieron una dieta baja en carbohidratos y alta en grasa y proteína vieron reducido su riesgo, mientras que los que siguieron una dieta baja en grasa, no.

La importancia de este estudio es monumental. Se está desmontando pieza a pieza la hipótesis lipídica, una teoría que la ciencia médica asumía sin reservas como verdadera, y que es la causa de que exista comida baja en grasa en el supermercado, y en última instancia, de que la gente esté más gorda y más enferma.

La falacia de la hipótesis lipídicaLa hipótesis lipídica nació en los años 70, cuando los casos de infartos cardíacos estaban multiplicándose en EEUU. Aunque es más compleja, se puede resumir en la frase siguiente: “Hacer que baje el colesterol en sangre reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares”.

Cuando se habla de enfermedad cardiovascular se piensa siempre en la aterosclerosis. Consiste en la formación de placas en las paredes de las arterias. Si las placas son grandes, los vasos sanguíneos terminan por obstruirse. Si se corta el riego sanguíneo a un tejido durante más de cinco minutos, el tejido muere. Es al final lo que le ocurre al corazón durante un infarto: parte del músculo cardíaco muere por falta de riego.
Pero ¿por qué se forman placas en las arterias? Aunque no se comprende totalmente, se sabe que hay una acumulación en las paredes de los vasos de lipoproteínas de baja densidad (LDL), que transportan colesterol. Estas moléculas se oxidan, y son atacadas por los glóbulos blancos. Si no llegan a tiempo las lipoproteínas de alta densidad (HDL) a limpiar el estropicio llevándose la grasa, se forma una placa de glóbulos blancos muertos, colesterol y cristales de calcio. Esta acumulación es la que obstruye la arteria.

Es decir, el problema surge cuando hay altos niveles de colesterol en forma de LDL, y bajos niveles de colesterol en forma de HDL. El colesterol no es malo por sí mismo, es una molécula esencial para el funcionamiento de tu organismo.

¿Cuál fue la respuesta en los años 70? Pues si el problema es el colesterol, la solución es hacer que baje el colesterol en sangre. Para conseguir esto, hay que comer menos comida con colesterol (grasas saturadas) y así habrá menos colesterol en sangre.

Como dijo Mencken, “Para cada problema complejo, existe una solución que es simple, elegante y equivocada”. La hipótesis lipídica es todo eso.

El principal artífice de la hipótesis lipídica es el investigador de Mineesota Ancel Keys, autor del llamado “estudio de los siete países” un estudio con cohortes (grupos) a lo largo de 15 años en EEUU, Grecia, Finlandia, Italia, Holanda, la entonces Yugoslavia y Japón.

Este estudio está lleno de trampas: desde seleccionar los países donde los datos salían favorables a la teoría, y descartar los que no, hasta ignorar otros factores de riesgo, como el consumo de azúcar, tabaco o alcohol. Durante los cuarenta años siguientes, surgieron tantos estudios a favor como en contra, pero los que apoyaban la hipótesis lipídica se citaban seis veces más.

La hipótesis lipídica también justifica la existencia de las estatinas, los medicamentos más vendidos del mundo, y que son las famosas pastillas para hacer descender el colesterol.

Debido a esta creencia, cuando un paciente acudía a la consulta con el colesterol LDL alto, y por tanto con riesgo de padecer aterosclerosis, la receta era siempre la misma: nada de embutido, ni huevos, ni mantequilla, ni leche entera, ni queso, ni carne roja, y tome esta dosis diaria de estatinas durante el resto de su vida.

La hipótesis lipídica hace aguas por todos lados:

Ya antes de la introducción de las estatinas se cuestionó el método y las conclusiones del estudio de los siete países

Reducir el colesterol, sea por medio de la dieta o por la administración de estatinas, no reduce la mortalidad de los pacientes, y puede aumentarla.

La hipótesis de Keys de que al reducir la grasa saturada se reducen las enfermedades cardiovasculares se ha descrito como “una falacia”. Un meta análisis de 2014 (resumiendo 74 estudios anteriores) no encontró ninguna relación.

Varios estudios recientes indican que son los azúcares los principales causantes del aumento del colesterol LDL (el malo)

Por otro lado se ha comprobado que las grasas saturadas hacen aumentar el colesterol HDL (el bueno).

¿Quieres cuidar de tu corazón y adelgazar? Deja los cereales de desayuno. Come huevos con bacon.

No mueras de un ataque al corazón, anda
Si la grasa no es culpable, ¿qué tenemos que hacer para reducir el riesgo de morir de un ataque al corazón? Muchos de los consejos habituales siguen siendo válidos, y hay otros nuevos:
  • Limita o elimina el azúcar, las harinas, pasta, cereales de desayuno, bebidas azucaradas, pasteles, zumos de fruta, y empieza a verlos como lo que son: precursores de la grasa en tus arterias y tu cintura.
  • Muévete más: tienes que hacer ejercicio intenso al menos media hora, cinco veces por semana.
  • Consume fibra en tu comida, sobre todo en forma de verduras, y en menor cantidad, de la fruta
  • Olvídate del tabaco
  • Limita el alcohol a una copa de vino al día
  • Reduce tu grasa corporal, muy distinto de reducir tu peso.
  • Reduce tu estrés: si estás estresado se producen radicales libres que oxidan el colesterol LDL

Historia de otro error: la úlcera gástrica
Afortunadamente para todos, las creencias en medicina son sustituidas por los hechos probados. Un ejemplo es el tratamiento de la úlcera de estómago. Hasta los años 80, los médicos creían que las úlceras eran producidas por el estrés y la comida picante, y recetaban antiácidos para su tratamiento. En 1982, dos investigadores australianos, Warren y Marshall, descubrieron que la causa de las úlceras era una infección por una bacteria llamada Helicobacter Pylori.

Su estudio fue muy criticado, los médicos de la época se agarraban a su historia del estrés, las enchiladas y los antiácidos. Harto de tanta ceguera, Marshall se bebió una placa petri llena de bacterias H. Pylori, y al cabo de los días desarrolló una gastritis, el principio de la úlcera. Tomó antibióticos, y los síntomas desaparecieron en dos semanas. Hoy en día, la úlcera gástrica se trata con antibióticos.





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Una de cada tres personas muere de una enfermedad cardiovascular, y la ciencia médica llevaba 50 años equivocada sobre las causas.

La ciencia médica se corrige a sí misma, con más o menos rapidez. A la iglesia le costó 350 años reconocer que la tierra no era el centro del universo. Sin embargo, en solo 50 años, la comunidad médica empieza a aceptar que la grasa no es la principal causa, ni de los ataques al corazón, ni de ese flotador alrededor de tu cintura.

Según la propia portavoz de la American Heart Association “ya no creemos que las dietas bajas en grasa sean la respuesta”. En septiembre de este año se publica un estudio en el National Institutes of Health en EEUU, en el que se divide a 148 personas sanas en dos grupos. Un grupo sigue una dieta baja en grasas. El otro, una dieta baja en carbohidratos y alta en grasa y proteína.

Pasa un año, y contrariamente a lo que la mayoría de los médicos podrían esperar, estos son los resultados:

Los participantes que siguieron una dieta baja en carbohidratos y alta en grasa y proteína perdieron más peso que los del grupo con la dieta baja en grasa.

No solamente peso, sino que los de la dieta baja en carbohidratos perdieron más grasa en proporción, y conservaron o ganaron masa muscular, mientras que los de la dieta baja en grasa perdieron músculo.

Los dos grupos redujeron sus niveles de colesterol en sangre, pero los de la dieta baja en carbohidratos redujeron su nivel de triglicéridos y aumentaron su nivel de colesterol HDL (el bueno).

La fórmula de Framingham calcula el riesgo de sufrir un ataque al corazón en los próximos 10 años. Los participantes que siguieron una dieta baja en carbohidratos y alta en grasa y proteína vieron reducido su riesgo, mientras que los que siguieron una dieta baja en grasa, no.

La importancia de este estudio es monumental. Se está desmontando pieza a pieza la hipótesis lipídica, una teoría que la ciencia médica asumía sin reservas como verdadera, y que es la causa de que exista comida baja en grasa en el supermercado, y en última instancia, de que la gente esté más gorda y más enferma.

La falacia de la hipótesis lipídicaLa hipótesis lipídica nació en los años 70, cuando los casos de infartos cardíacos estaban multiplicándose en EEUU. Aunque es más compleja, se puede resumir en la frase siguiente: “Hacer que baje el colesterol en sangre reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares”.

Cuando se habla de enfermedad cardiovascular se piensa siempre en la aterosclerosis. Consiste en la formación de placas en las paredes de las arterias. Si las placas son grandes, los vasos sanguíneos terminan por obstruirse. Si se corta el riego sanguíneo a un tejido durante más de cinco minutos, el tejido muere. Es al final lo que le ocurre al corazón durante un infarto: parte del músculo cardíaco muere por falta de riego.
Pero ¿por qué se forman placas en las arterias? Aunque no se comprende totalmente, se sabe que hay una acumulación en las paredes de los vasos de lipoproteínas de baja densidad (LDL), que transportan colesterol. Estas moléculas se oxidan, y son atacadas por los glóbulos blancos. Si no llegan a tiempo las lipoproteínas de alta densidad (HDL) a limpiar el estropicio llevándose la grasa, se forma una placa de glóbulos blancos muertos, colesterol y cristales de calcio. Esta acumulación es la que obstruye la arteria.

Es decir, el problema surge cuando hay altos niveles de colesterol en forma de LDL, y bajos niveles de colesterol en forma de HDL. El colesterol no es malo por sí mismo, es una molécula esencial para el funcionamiento de tu organismo.

¿Cuál fue la respuesta en los años 70? Pues si el problema es el colesterol, la solución es hacer que baje el colesterol en sangre. Para conseguir esto, hay que comer menos comida con colesterol (grasas saturadas) y así habrá menos colesterol en sangre.

Como dijo Mencken, “Para cada problema complejo, existe una solución que es simple, elegante y equivocada”. La hipótesis lipídica es todo eso.

El principal artífice de la hipótesis lipídica es el investigador de Mineesota Ancel Keys, autor del llamado “estudio de los siete países” un estudio con cohortes (grupos) a lo largo de 15 años en EEUU, Grecia, Finlandia, Italia, Holanda, la entonces Yugoslavia y Japón.

Este estudio está lleno de trampas: desde seleccionar los países donde los datos salían favorables a la teoría, y descartar los que no, hasta ignorar otros factores de riesgo, como el consumo de azúcar, tabaco o alcohol. Durante los cuarenta años siguientes, surgieron tantos estudios a favor como en contra, pero los que apoyaban la hipótesis lipídica se citaban seis veces más.

La hipótesis lipídica también justifica la existencia de las estatinas, los medicamentos más vendidos del mundo, y que son las famosas pastillas para hacer descender el colesterol.

Debido a esta creencia, cuando un paciente acudía a la consulta con el colesterol LDL alto, y por tanto con riesgo de padecer aterosclerosis, la receta era siempre la misma: nada de embutido, ni huevos, ni mantequilla, ni leche entera, ni queso, ni carne roja, y tome esta dosis diaria de estatinas durante el resto de su vida.

La hipótesis lipídica hace aguas por todos lados:

Ya antes de la introducción de las estatinas se cuestionó el método y las conclusiones del estudio de los siete países

Reducir el colesterol, sea por medio de la dieta o por la administración de estatinas, no reduce la mortalidad de los pacientes, y puede aumentarla.

La hipótesis de Keys de que al reducir la grasa saturada se reducen las enfermedades cardiovasculares se ha descrito como “una falacia”. Un meta análisis de 2014 (resumiendo 74 estudios anteriores) no encontró ninguna relación.

Varios estudios recientes indican que son los azúcares los principales causantes del aumento del colesterol LDL (el malo)

Por otro lado se ha comprobado que las grasas saturadas hacen aumentar el colesterol HDL (el bueno).

¿Quieres cuidar de tu corazón y adelgazar? Deja los cereales de desayuno. Come huevos con bacon.

No mueras de un ataque al corazón, anda
Si la grasa no es culpable, ¿qué tenemos que hacer para reducir el riesgo de morir de un ataque al corazón? Muchos de los consejos habituales siguen siendo válidos, y hay otros nuevos:
  • Limita o elimina el azúcar, las harinas, pasta, cereales de desayuno, bebidas azucaradas, pasteles, zumos de fruta, y empieza a verlos como lo que son: precursores de la grasa en tus arterias y tu cintura.
  • Muévete más: tienes que hacer ejercicio intenso al menos media hora, cinco veces por semana.
  • Consume fibra en tu comida, sobre todo en forma de verduras, y en menor cantidad, de la fruta
  • Olvídate del tabaco
  • Limita el alcohol a una copa de vino al día
  • Reduce tu grasa corporal, muy distinto de reducir tu peso.
  • Reduce tu estrés: si estás estresado se producen radicales libres que oxidan el colesterol LDL

Historia de otro error: la úlcera gástrica
Afortunadamente para todos, las creencias en medicina son sustituidas por los hechos probados. Un ejemplo es el tratamiento de la úlcera de estómago. Hasta los años 80, los médicos creían que las úlceras eran producidas por el estrés y la comida picante, y recetaban antiácidos para su tratamiento. En 1982, dos investigadores australianos, Warren y Marshall, descubrieron que la causa de las úlceras era una infección por una bacteria llamada Helicobacter Pylori.

Su estudio fue muy criticado, los médicos de la época se agarraban a su historia del estrés, las enchiladas y los antiácidos. Harto de tanta ceguera, Marshall se bebió una placa petri llena de bacterias H. Pylori, y al cabo de los días desarrolló una gastritis, el principio de la úlcera. Tomó antibióticos, y los síntomas desaparecieron en dos semanas. Hoy en día, la úlcera gástrica se trata con antibióticos.





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Hace unos años, la grasa saturada era el demonio. Si comías mantequilla, queso y chuletones, tus arterias se bloquearían y morirías de un ataque al corazón, ¿verdad? Pues ya no.
Desde los años 50 se había aceptado como un hecho que las grasas saturadas son las causantes de las enfermedades cardíacas. La lógica era que cuanto más grasa saturada, más colesterol, mayor riesgo de que las placas de colesterol bloqueen las arterias, y mayor mortalidad por ataques al corazón.

Lo que ocurre es que falla un paso de ese razonamiento. Es cierto que el colesterol LDL, el “malo” alto causa arterioesclerosis. Pero se ha podido comprobar que comer grasa no causa necesariamente un aumento de LDL. Si fuera así, los esquimales, que se alimentan de carne y grasa de foca, estarían muertos a los 30, y son las personas más sanas del planeta. Si fuera así, nuestros antepasados cazadores recolectores, que comían sobre todo animales, habrían sido enfermos crónicos y nuestra especie no habría sobrevivido.

¿Sabes qué hace aumentar el colesterol malo? Has acertado. El exceso de azúcar en la dieta hace aumentar el LDL.

No, las grasas saturadas no son el demonio. No tengas miedo a la grasa.

Las grasas saturadas provienen sobre todo de los animales, como la mantequilla, la grasa de la carne, o los huevos, pero también son saturadas algunas grasas vegetales, como la de coco y palma.
La conclusión es que las grasas saturadas como la mantequilla y la grasa de la carne no bloquean tus arterias, pero sí pueden hacerte engordar si la tomas grandes cantidades. Tampoco hay que confundirlas con las nefastas grasas trans, que aparecen en las etiquetas como grasa vegetal hidrogenada o margarina, y son mucho peores de lo que se pensaba.

Estos son los beneficios de las grasas saturadas:
Las grasas saturadas favorecen la producción de testosterona en tu cuerpo, esa hormona que hombres y mujeres necesitan para producir músculo, quemar grasa y mejorar su vida sexual.

Mejoran tu sistema inmunológico. La grasa saturada procedente del coco contiene ácido láurico, que es bactericida y rebaja la inflamación.

Las grasas saturadas contienen vitaminas liposolubles, sobre todo vitamina A y D.

Las grasas saturadas rebajan los triglicéridos: los triglicéridos los sintetiza el hígado cuando hay exceso de hidratos de carbono. Comiendo menos hidratos y sustituyendo esas calorías por grasa se consigue proteger el hígado y reducir el colesterol “malo”.

Cómete ese chuletón, pero déjate las patatas y el postre.




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Hace unos años, la grasa saturada era el demonio. Si comías mantequilla, queso y chuletones, tus arterias se bloquearían y morirías de un ataque al corazón, ¿verdad? Pues ya no.
Desde los años 50 se había aceptado como un hecho que las grasas saturadas son las causantes de las enfermedades cardíacas. La lógica era que cuanto más grasa saturada, más colesterol, mayor riesgo de que las placas de colesterol bloqueen las arterias, y mayor mortalidad por ataques al corazón.

Lo que ocurre es que falla un paso de ese razonamiento. Es cierto que el colesterol LDL, el “malo” alto causa arterioesclerosis. Pero se ha podido comprobar que comer grasa no causa necesariamente un aumento de LDL. Si fuera así, los esquimales, que se alimentan de carne y grasa de foca, estarían muertos a los 30, y son las personas más sanas del planeta. Si fuera así, nuestros antepasados cazadores recolectores, que comían sobre todo animales, habrían sido enfermos crónicos y nuestra especie no habría sobrevivido.

¿Sabes qué hace aumentar el colesterol malo? Has acertado. El exceso de azúcar en la dieta hace aumentar el LDL.

No, las grasas saturadas no son el demonio. No tengas miedo a la grasa.

Las grasas saturadas provienen sobre todo de los animales, como la mantequilla, la grasa de la carne, o los huevos, pero también son saturadas algunas grasas vegetales, como la de coco y palma.
La conclusión es que las grasas saturadas como la mantequilla y la grasa de la carne no bloquean tus arterias, pero sí pueden hacerte engordar si la tomas grandes cantidades. Tampoco hay que confundirlas con las nefastas grasas trans, que aparecen en las etiquetas como grasa vegetal hidrogenada o margarina, y son mucho peores de lo que se pensaba.

Estos son los beneficios de las grasas saturadas:
Las grasas saturadas favorecen la producción de testosterona en tu cuerpo, esa hormona que hombres y mujeres necesitan para producir músculo, quemar grasa y mejorar su vida sexual.

Mejoran tu sistema inmunológico. La grasa saturada procedente del coco contiene ácido láurico, que es bactericida y rebaja la inflamación.

Las grasas saturadas contienen vitaminas liposolubles, sobre todo vitamina A y D.

Las grasas saturadas rebajan los triglicéridos: los triglicéridos los sintetiza el hígado cuando hay exceso de hidratos de carbono. Comiendo menos hidratos y sustituyendo esas calorías por grasa se consigue proteger el hígado y reducir el colesterol “malo”.

Cómete ese chuletón, pero déjate las patatas y el postre.




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