La repulsión está ligada a nuestra supervivencia como especie, y nos ha salvado de infecciones. El doctor en neurociencia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, José Ramón Eguíbar Cuenca, explica que el asco (también conocido en el circuito médico como reflejo de la náusea), puede actuar en principio bajo una condición aprendida.

Por ejemplo, si una vez alguien comió caldo de camarón y le hizo daño, lo más probable es que, un año después, cuando se encuentre cerca de un caldo de camarón, el simple hecho de percibir el olor detone una asociación con la enfermedad, provocando náuseas sin siquiera comerlo:

“El reflejo de la náusea es un mecanismo que tiene el cuerpo para prevenir la entrada de sustancias tóxicas. A lo largo de nuestra evolución, se resolvió de esta manera”, explica Eguíbar Cuenca.

Náuseas protectoras
El antropólogo Don Fessler, del Centro de Comportamiento, Evolución y Cultura de la Universidad de California, detectó la utilidad de la respuesta emocional del asco para fortalecer el sistema inmunológico y prevenir una infección durante la primera etapa del embarazo.

Ante mujeres gestantes, Fessler evocó escenarios en los que aparecía un hombre de 30 años con intención de mantener relaciones sexuales con mujeres de 80, y gusanos en un trozo de carne. La respuesta de rechazo fue mucho mayor en las embarazadas que estaban en su primer trimestre que en el resto de las voluntarias.

Todos somos asquerosos
Pero los estímulos que detonan el asco varían de una persona a otra. La sensibilidad de las personas varía dependiendo de la actividad de la ínsula ante un mismo estímulo visual.

Esta diferencia en el funcionamiento del cerebro explicaría que existan personas más susceptibles ante una cucaracha de plástico. ¿Cómo se puede explicar la aversión que causa un vómito de goma, el excremento de chocolate o un insecto esterilizado?

Hay estímulos biológicamente preparados para producir repugnancia y se han convertido en una alarma para nuestra especie. Son aquellos asociados con la posible transmisión de enfermedades o con la contaminación.

Así lo aprendemos...
Cuando el asco no ha sido condicionado por una conducta aprendida (como el caldo de camarón), puede depender de mecanismos educacionales: “Por ejemplo, la aversión a las cucarachas o a las ratas, ya que usualmente se nos enseña que son animales no deseables, sucios, que nos pueden enfermar, y en un aspecto de culturización, pues aprendemos que esos animales nos pueden hacer daño, sin haber tenido una experiencia mala, ya tenemos una actitud, digamos inadecuada, hacia estos animales” explica Eguíbar Cuenca.

También existen otras clases de repulsión que podrían no estar del todo relacionadas con las conductas aprendidas o con la enseñanza colectiva.

En el caso de los vegetales, Eguíbar Cuenca está convencido de que depende mucho de la cultura que se tenga hacia éstos: si los niños aprenden a ver a sus padres comiendo verduras con naturalidad y hasta con gusto, lo más probable es que ellos asocien el sabor con algo placentero, a diferencia de si crecen viendo expresiones de desagrado ante las verduras.

Alimentos peligrosos
El Centro de Ciencias Químicas Monell de la Universidad de Filadelfi a descubrió que algunos genes nos previenen de comer alimentos que afectarían nuestra salud, aunque estén en perfecto estado.

Mari Hakala y Paul Breslin descubrieron que existen personas –con una tendencia a tener problemas de tiroides–
con copias del gen TAS2R en una versión “sensible”, que se encarga de percibir los glucosinatos (responsables de que algunas verduras tengan cierto sabor amargo, como el brócoli), y que gracias a esta aversión se ven protegidos de ingerir alimentos que inhibirían la asimilación del yodo.




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